Tomás Mendoza. Pintor.

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
Home | Artículos | Presentación
E-mail Imprimir PDF

Textos sobre Tomás Mendoza

 


 

Cómo expresar el tiempo

En el color,

El espacio sin sonido

El sueño insomne.

Las lágrimas del cerebro

No dejan de ser una pintura más

Una posibilidad entre miles

Más, pintura, pintura, pintura

Sueño, sueño, sueño

Entre ojos y dedos

Entre azules imposibles y violetas.

Con seres cabeza abajo

Que jamás nos darán los buenos días

Exigencias después de un vaticinio

Serás, serás

¿Qué serás?

Un viento de geometría

¿de geometría?

Bajo los ojos

Volvemos al tiempo

¿o al color?

Sólo señales

Un tiempo

Otra vez

Un mundo

¿un miedo?

Mío

Tuyo

Nuestro

Anna  Álvarez.

 


 

Quizá Karl Popper tenga razón, y la creencia casi universal de que una obra de arte sea la expresión de la personalidad de un artista, haya rebajado y casi destruido el arte, pero, en ese caso, Tomás Mendoza sería una extraña excepción.

Tomás Mendoza es un pintor que cartografía minuciosamente el mundo, su mundo, en sus obras. Todos y cada uno de sus cuadros, grandes o pequeños, contienen su vida entera, porque TM lo pinta todo, literalmente: números, letras, códigos secretos, figuras enigmáticas, cuerpos desnudos, paisajes imaginados, sueños amables y pesadillas terroríficas, accidentes mortales, objetos cotidianos, artefactos inventados, telas de araña, puertas y ventanas, muebles imposibles, y así siempre.

En su trabajo reúne, desde la tradición medieval, la metafísica, la patafísica, la psicodelia y el pop, en un excitante viaje entre El Bosco y Murakami.

Trabaja sin descanso, montando sus dibujos y construyendo sus collages para componer los cuadros y, a veces, decide luego romperlos y tirar los pedazos a la basura.

Se me olvidó mencionar que TM es un raro -bendita rareza- y uno de los artistas más intensos e interesantes que conozco.

Ya no puedo seguir, se hace tarde y he caído en la cuenta de que es hora de ir a rebuscar en la basura, a ver si hay suerte…

Martín Lejarraga.

Cartagena, febrero de 2011.

 

 


 

Tomás Mendoza, pincel torero, pertenece al universo de los alucinados, una peña que no es manca.

Es un inquieto Bosco del S.XXI. Un Bosco requetepsicodélico. Pinta el mundo, y los otros mundos, con la mirada lisérgica del que tiene ojos de huevo. Por eso en su pintura todo evoluciona, todo se mueve rápidamente, todo se refleja a toda velocidad sobre sus casquetes esféricos.   Esa manía de no dejar nada en el tintero lo lleva a rellenar el lienzo hasta el último milímetro.

¿Onirismo que teme a la muerte? ¡Qué miedo al vacío!.

Angel Guache

 

 


 

Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación.

Tomás Mendoza es surrealista desde siempre. Y cuando digo siempre quiero decir desde todos los ahoras anteriores a éste mismo. Surrealista antes de que Bretón descubriera el mojo picón en Canarias, desde antes que don Salvador Dalí realizara una arriesgada pirueta en el vientre de su madre y de que El Bosco descubriera una cosa que no supo cómo llamar. Surrealista antes de Marx y Freud, de Fu-Manchú y del Bombero Torero.

Tomás practica el horror vacui mucho antes de que existiera el latín y de que el big bang lo llenara todo de vacío. Si buscas algo a lo que se parezca, él ya lo habrá hecho antes, porque viene de otro mundo: un planeta con relojes caprichosos y relaciones espaciotemporales muy canallas, de irreverentes dimensiones –segunda, tercera y cuarta– que se enzarzan en acaloradas disputas, de perspectivas borrachas y cromatismos intoxicados.

Coge la historia del arte, barájala, y el pintor de la plaza del lago te aparecerá en algún lugar políticamente incorrecto, entre Leonardo y George Grosz o entre Francisco de Goya y el milanés Arcimboldo, cómodamente incómodo, culo de mal asiento entre los bebedores de absenta y los coleccionistas de rarezas.

¿Tendrán algo que ver sus visiones con su vocación anfibia? ¿Será capaz doña Crítica, tan contemporánea ella, de concederle un lugar en su carnet de baile?

Muchas preguntas: es pensar en Tomás y me asaltan montones de interrogantes, con sus puntitos arriba y abajo, con sus desconcertantes curvas, con y sin serifa, en cursivas y negritas, de todos los tipos y razas, arrastrándome a sus suelos de damero donde intentan endosarme unos patines. Y ahí están, los veo, los dibujos que Mendoza ha ido trazando mientras patina en la pulida superficie, sus giros y piruetas transmutados en arte de Marte, en un sistema circulatorio de venas elásticas y compases retorcidos: hasta el infinito y más allá.

Ángel Mateo Charris